jueves, 3 de septiembre de 2015

¿Por qué la gente no va al teatro en México?

Escena de "Las Meninas" de
Antonio Buero Vallejo
Muchas veces se ha discutido en círculos intelectuales el porqué la gente no asiste al teatro. Algunos argumentan que los montajes son muy caros para la mayoría de la población, mientras que otros refutan sobre los diversos aspectos culturales que alejan a la gente de poder apreciar una obra. Más precisos: el pueblo mexicano se ha caracterizado por tener un nulo interés por el teatro, siendo una minoría la que asiste a las diversas funciones y conforma el escaso público teatral.
  
          Lo primero que se le viene a uno a la cabeza sobre esta interrogante es ¿necesariamente alguien “culto” debe ir al teatro? No lo creo. Me parece que la gente no tiene la menor predilección en crearse el hábito de ir a ver una obra. En tiempos recientes, el primer acercamiento que muchos tienen a un espectáculo teatral es durante su etapa estudiantil, entre los años de secundaria y los de preparatoria, cuando les casi obligan a ver representaciones con temática histórica, el consumo y adicción a las drogas, sexualidad y embarazos no-deseados, o algo relacionado con la orientación vocacional. Muchas de estas obras tienen un motivo moralizador o con intención juzgadora, y ciertamente a nadie le gusta que lo regañen (mucho menos en público). Otro acercamiento que los jóvenes tienen del teatro es leyendo obras como “Romeo y Julieta” o a los clásicos griegos, pero como no está escrito en un lenguaje similar al de ellos les parece tedioso. Así es como se van alejando más y más. Entonces, ¿cuál es, o debería ser, el esfuerzo del sistema educativo y/o familiar para que los jóvenes vayan al teatro y no lo vean como algo “aburrido”?[1]

Segundo problema: ¿cuánto debe pagar alguien por un boleto? Debemos de aceptar, pues, que la gente siempre se fija en los precios de todo. Y es verdad que la mayoría de los pocos interesados en el teatro recurren a obras comerciales (especialmente cuando se trata de un montaje con artistas de amplio reconocimiento de cine o televisión), por tanto no es un costo simple. De ahí que se ha generalizado a la industria teatral como un servicio de élite, ya que no todos disponen de pagar más de doscientos pesos —aproximadamente— por un lugar de la butaca (y hablo de la zona general). También debemos analizar el caso de las obras subsidiadas por el Estado. Para Luis de Tavira, actual director de la Compañía Nacional de Teatro (CNT), el costo del boleto en obras que son montadas en recintos del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) no debe ser caro ya que: “El teatro público no se debe cobrar, ya está pagado. El ciudadano lo pagó porque es producido con la riqueza nacional”.[2] Sin embargo, la gran mayoría de las personas desconocen la existencia de los diversos centros culturales y las funciones que ofrecen de manera bastante accesible (treinta pesos). Es el caso de los “Jueves Teatreros” en los que lugares como el Centro Cultural Universitario de la UNAM, el Centro Cultural del Bosque y demás centros del INBA, ofrecen una amplia gama de espectáculos como una forma de acercar a la gente por el gusto teatral.

            Este otro punto es importante: ¿dónde se ubican los recintos teatrales? Pongamos el ejemplo del Distrito Federal, ya que es aquí donde se albergan la mayor parte de los teatros del país (aproximadamente 147 en total). Según el Mapa Interactivo sobre Infraestructura y Patrimonio, Hábitos Culturales en México (basado en la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales del 2010) [3] en la capital del país el 23.2% del total de la población asisten por lo menos UNA vez al año, en comparación del 76.8% que no. De ello también la ubicación de los recintos se encuentra en una disparidad: sólo en la zona Centro del D. F. se ubican cincuenta teatros en comparación con el Oriente donde hay menos de trece. La zona Sur es una excepción pues alberga a casi treinta recintos, esto por considerarse un sendero “cultural” por su proximidad a las instalaciones de la Ciudad Universitaria de la UNAM (y que ésta alberga su propio Centro Cultural).[4] Surge entonces otra cuestión: ¿la gente no va porque le queda lejos de su domicilio? Si regularmente las funciones son pasadas las ocho de la noche, y sabiendo los distintos problemas viales que aquejan a una metrópoli como la ciudad de México, ¿cuánto tardan en trasladarse? Esto es un serio problema para la sociedad de la capital, ¿podríamos imaginar a un aficionado de teatro del municipio de Nezahualcóyotl, de la Zona Metropolitana del D. F., que tenga que trasladarse casi dos, tres horas, para ver una obra, y a altas horas de la noche en la zona centro-sur de esta urbe y que debe levantarse a las 4 a.m. para ir a trabajar?

            En conclusión: son diversos los factores por los que la gente no va al teatro, y me parece que es una cuestión que no sólo las entidades culturales deben ocuparse. En conjunto, la sociedad puede reclamar su “derecho al teatro” (como Tavira menciona) pues es un espectáculo que no sólo alimenta el alma, también llena de experiencias sobre la existencia del ser humano. Empero, más que pensar en los costos, se debe fomentar más el hábito de que la gente asista de manera regular al teatro. Compañías como el Carro de Comedias que dan función todos los sábados al medio día en la explanada del Centro Cultural Universitario de la UNAM han tenido un éxito rotundo al realizar sus montajes de manera gratuita y al aire libre; o como el recién creado Proyecto Ruelas del Festival Cervantino, donde la gente de diversas comunidades del estado de Guanajuato asistieron por vez primera a un espectáculo teatral, e incluso, participaron como actores.



[1] Sírvase de ejemplo la iniciativa de algunos actores sobre el tema. “Necesario incrementar el interés por el Teatro en México”, en: La Jornada, 12 de julio del 2014, http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/07/12/necesario-incrementar-el-interes-por-el-teatro-en-mexico-4071.html (Consultado el 1 de septiembre del 2015).
[2] Víctor García Esquivel, “El teatro no forma parte de las opciones culturales de la mayoría de mexicanos”, en: Crónica, 19 de mayo del 2014, http://www.cronica.com.mx/notas/2014/834073.html (Consultado el 1 de septiembre del 2015).
[3] http://mapa.sic.gob.mx/index.php?tema=teatro&estado_id=9 (Consultado el 1 de septiembre del 2015). A pesar de que esta encuesta se realizó hace cinco años, los datos que arroja parecen aún tener validez en estos tiempos.
[4] En este lugar se encuentran salas de concierto, danza y espacios teatrales como el teatro Juan Ruiz de Alarcón, el foro Sor Juana Inés de la Cruz y el Centro Universitario de Teatro.

martes, 16 de junio de 2015

The Man Who Sold the World: Mad Men y la turbulenta década de los 60

A Mariana Medina
Una verdadera fan de la serie



Ismael Espinosa
(@un_vastago)


Hace unas semanas concluyó la serie Mad Men por el canal AMC en Estados Unidos. Recreada en el diverso ambiente de los años sesenta, mantuvo un elevado nivel de raiting  a lo largo de sus siete temporadas (más de treinta puntos), algo no tan usual para un programa televisivo con temática “histórica”. Su creador Matthew Weiner ya había tenido un éxito rotundo con una trama previa: The Sopranos (HBO, 1999-2007) de las que escribió la sexta y séptima temporadas, por lo que la calidad de esta serie casi estaba asegurado.
            La historia gira en torno a un hombre conocido como Donald Draper (Jon Hamm), quien tiene un pasado turbio que puede costarle su libertad como la vida. Siendo uno de los elementos esenciales para la empresa “Sterling Cooper” (dedicada al mercadeo y la publicidad), se ve envuelto en disputas, amantes y conflictos de interés en un mundo donde las cosas debían mantenerse a un orden establecido. La trama es bastante compleja por lo que me dedicaré a explicar tres temas relevantes: el contexto histórico, los roles de género y los cambios sociales que se manifestaron en esta época y fueron explicados de manera muy apegada a la realidad histórica de ese momento. No es fácil poner en video algo que no se ha terminado de estudiar incluso en nuestros días pero que es de vital importancia ya que permean en nuestra vida cotidiana.

El contexto histórico
Mad Men se desarrolla en una época turbulenta para el mundo, en especial para los Estados Unidos: la Guerra Fría. Concluida la Segunda Guerra Mundial, este país se colocó como eje principal de la economía y política global, así como su parte oriental: la URSS. En una lucha ideológica y tecnológica, la serie muestra la difusión de un miedo por parte del gobierno estadounidense hacia sus coetáneos socialistas, esparciendo rumores sobre armas biológicas, bombas nucleares y atentados terroristas. Es el temor humano lo que se refleja en estos momentos cuando la gente comienza a salir a las calles en busca de un empleo que lo haga sobresalir del duelo bélico, cuando las mujeres ya no son parte de un modelo reglamentario pero deben mantenerse en casa por los tres hijos que debe cuidar. Los hombres se convierten en personajes de cuello blanco que laboran en oficinas en los downtons mientras que la familia espera ansiosa su llegada en los suburbios con una gran cena.
            Mad Men capitaliza estos valores, es decir, Norteamérica ve en el dinero como una forma de unir familias: entre más dinero, más vas a ser agradable a la gente. El puritanismo se convierte en un modelo económico del cual todos quieren ser partícipes pero sólo está destinado a la gente blanca y de buenas familias. El Mayflower sigue vigente en la sociedad del siglo XX.
            A pesar de estos nuevos modelos estructurales la guerra vuelve: la democracia estadounidense se mueve hacia Corea donde se disputan territorios contra los soviéticos. Don Draper es enviado a combatir en el conflicto durante su juventud, pero un “error” lo lleva de nuevo a su país. Decide vivir en California y estudiar en una escuela diurna, donde se prepara para ser un publicista reconocido. Su talento lo lleva a ser una de las mentes brillantes del mundo del diseño, pero los vicios lo rodean constantemente, llámese alcohol, tabaco, mujeres, sexo…
            Para 1960 la Guerra de Corea ya había finalizado, pero el miedo hacia el comunismo seguía creciendo. Kennedy había llegado al poder convirtiéndose en el primer presidente menor de cuarenta años y católico, algo que nunca se había visto en la historia norteamericana de ese entonces. Mientras los adelantos tecnológicos siguen, Cuba se enfrasca en una revolución de la que Estados Unidos vería con muy malos ojos. En 1961 la invasión a la Bahía de Cochinos crea un temor entre la ciudadanía sobre la guerra y las armas nucleares, lo que lleva a un embargo comercial hacia la isla caribeña por más de cincuenta años. Kennedy fue aplaudido por resguardar la seguridad nacional.
         
   En 1964 el asesinato del joven presidente conmueve a toda la nación, y es quizá el episodio más conmovedor de toda la serie al mostrar el duelo que toda la gente sintió por la pérdida del que veían una esperanza renovadora. Johnson se coloca en el poder y ordena atacar Vietnam contra los soviéticos, pero la sociedad se inunda de publicidad, comerciales, películas y programas que evitan la masacre que sufren los soldados. Las noticias en televisión deciden mostrar la guerra en imagen directa, mientras la gente observa la masacre tras una cena de Acción de Gracias.
            1968 también es un parteaguas para Mad Men pues los más jóvenes rompen con el establishment social. No son delincuentes, son estudiantes. No son carroña, son seres humanos que prefieren “hacer el amor y no la guerra”. Pero son los jóvenes que pueden ir a la universidad y no sufrieron los daños de Corea o el McCartismo. Los casos que muestra son París y Berkeley, así como los primeros movimientos de negros en el sur del país. Los Beatles y los Rolling Stones no aparecen en pantalla pero son los íconos de una generación que cambiaron el rumbo de la segunda mitad del siglo XX.

Los roles de género
Si en la guerra la mujer estadounidense desempeñó un papel importante en todas las labores, la posguerra la volvería a incluir en su espacio doméstico: se convertía en un objeto de consumo y que debía apegarse a las leyes del matrimonio. Sin embargo, no todas optaron por la reclusión al hogar, muchas decidieron seguir laborando en las oficinas como secretarias o vendedoras de mostrador en las tiendas departamentales. Por su parte, los varones eran los más destacados en las zonas de cuello blanco, llegando a ser jefes o tener puestos superiores.
          
La publicidad tuvo un papel importante al mostrar en sus imágenes y eslóganes un prototipo social, y Mad Men colocó un énfasis especial en ello en supuestas campañas para Avon, maquillaje, pantimedias, bebidas alcohólicas, etc., pero que inducían a la gente a consumir vorazmente. Peggy Olson (Elisabeth Moss) logra pasar de una simple secretaria a directora creativa, a pesar de que a muchos hombres no les agrade la idea de que una mujer les ordene. Ella muestra que parte de sus experiencias sirven para mostrar a la gente que un producto puede cambiarle la vida, incluso hacerla sentir especial. Pero no todo es miel sobre hojuelas para ella, quien sufre acoso y violencia social por el simple hecho de ser mujer.
            Un aspecto esencial que hizo Mad Men una serie única fue el incluir a un personaje homosexual: Salvatore Romano (Bryan Batt), un hombre que se dedica a la ilustración pero que reprime todos sus deseos sexuales con tal de mantener su estatus en la empresa y en la sociedad. Durante los años cincuenta y sesenta el miedo y persecución hacia gais y lesbianas se mantuvo como una forma de protección y seguridad a la nación, pues eran considerados como “sujetos potencialmente agresivos y delatores” ante la amenaza comunista. Sin saberlo, los soviéticos opinaban lo mismo sobre los homosexuales por lo que siempre fueron un blanco de discriminación, rechazo, injuria y abyección. Sin embargo, Romano —ante la insinuación de un corporativo— es despedido por no cumplir un mandato superior y escapa hacia la vida clandestina de los homosexuales neoyorquinos que practicaban el cruising, es decir, mantener relaciones sexuales con desconocidos en lugares públicos como Central Park o parte del Greenwich Village. Un fallo de esta serie es cómo tomaron esta parte de la historia LGBT en 1969, cuando los disturbios de Stonewall dieron pie al movimiento por los derechos homosexuales. La revolución sexual se hizo presente, pero no en los medios de la época.

Los cambios sociales
Johnson llevaba las de perder en 1968 ante una guerra fallida e inútil como lo fue Vietnam siendo esta la derrota más grande para los Estados Unidos. Nixon llega al poder en 1969 con la promesa de que serían repatriados todos los soldados que permanecían en Asia, pero la sociedad norteamericana no era la misma.
            El sexo ahora mandaba en los habitantes de la Unión Americana, Playboy convirtió al hombre en un cuerpo lúdico y a la mujer como una librepensadora que podía decidir por sí misma. Los negros ya no vivían en los guetos, ahora podían laborar en oficinas e ir a las escuelas públicas mezclándose con los blancos protestantes, los homosexuales salieron a las calles, el cine mostró desnudos, Ginsberg era un nuevo gurú en las letras, el hinduismo ahora se vendía como una puerta a la paz interior. La moda no era la misma: adiós a las crinolinas y los trajes de franela gris, la moda eran los colores pastel y las camisas de manga corta. El sexo era política.

            Lo que logró Mad Men fue eliminar la trágica imagen de los años sesenta que muchos han destacado. Y no sólo fue hablar de 1968, que si bien fue un parteaguas mundial —a pesar de los finales que tuvo, y bien lo sabemos los chilangos con el Movimiento Estudiantil— también trajo cambios favorecedores. Mad Men rehumanizó la Historia, le dio vida y la enlazó con cosas con las que tenemos contacto pero damos por desapercibidas como la publicidad y los productos que vende, como una simple “Coca Cola”. La serie se convertirá en un referente de la historia de la televisión y de la cultura pop, ganándose su lugar con un mérito espectacular. Son más cosas las que se pueden analizar, pero ya será cuestión del lector/público si decide ver este maravilloso programa.

martes, 17 de febrero de 2015

Notas sobre la historia de la homosexualidad en Alemania 1919-1945

Por Ismael Espinosa
@Grisem19


A las queridas Natahí y Luna, que
comparten el gusto de estudiar la historia y la cultura alemana

Alemania se ha consolidado dentro de la historia LGBT como el primer país donde se planearon los primeros movimientos por los derechos homosexuales a finales del siglo XIX. A punto de concluir la década de 1860 la Federación Alemana del Norte redactó un Código Penal que incluía el decreto 175, siguiendo el modelo del párrafo 145 del código prusiano, el cual condenaba con cárcel aquellas relaciones afectivas y sexuales entre hombres. Para 1871 “esta disposición fue introducida sin ningún debate por el Reichstag, pasando a constituir el párrafo 175 del nuevo código penal del Segundo Reich”.[1]

Sin embargo, después de la posguerra e iniciados los llamados “locos años 20”, se vivió una época en Alemania donde homosexuales, lesbianas, travestis y prostitutas tenían una amplia gama en cuanto a entretenimiento y libertad sexual.

Alexanderplatz (Plaza Alexander), Berlín
en los años veinte
El 11 de agosto de 1919, se estableció que Berlín fuera el eje administrativo y político bajo un nuevo sistema de gobierno: la República de Weimar.  Fue entonces cuando la población alemana y parte de la europea emigró a esta ciudad en busca de empleos y de vivienda. Ya desde 1910, esta urbe había demostrado parte de su potencial económico y social al tener una línea de tren subterráneo que transportaba principalmente a los obreros de fábricas de la ciudad. Berlín también había contado con algunas exposiciones artísticas de personajes renombrados con lo que empezaba a superar a París como la capital del arte y la cultura. De igual manera se empezaron a abrir locales-bajofondos donde la gente podía buscar momentos de diversión y sexo. Una de estas zonas fue la Alexanderplatz al este de Berlín. En ella se encontraba el lastre de la sociedad: vagabundos, pobres, prostitutas y aquellos judíos que se asentaron ahí después de haber servido como fabricantes de armas durante la Gran Guerra.[2]
           


El Comité Científico Humanitario y la vida social de los homosexuales

Desde el establecimiento de la República de Weimar, algunos comenzaron a cuestionarse si debía despenalizarse la homosexualidad como parte del nuevo sistema de gobierno.[3] En Berlín se encontraba ubicado el Comité Científico Humanitario (establecido desde 1897) dirigido por el Dr. Magnus Hirschfeld, médico y psiquiatra abiertamente homosexual que se dedicaba a investigar temas de sexualidad desde la perspectiva biológica, histórica y social, y también ser un activista en favor de los derechos homosexuales.

Magnus Hirschfeld, director
del Comité Científico Humanitario y el
Instituto de Ciencia Sexual
            Una de las metas del Comité Científico Humanitario era el lograr la derogación del artículo 175 del Código Penal, por lo que organizó una campaña en la que diversas personalidades internacionales participaron al firmar en apoyo al comité. Entre los más destacados están Hermann Hesse, Krafft-Ebing, Albert Einstein, Heinrich Mann, Thomas Mann, Stefan Zweig, Zola y Tolstoy, además de médicos y homosexuales, logrando recaudar más de seis mil firmas.[4]

            También el Comité Científico Humanitario comenzó a propagar información sobre las diversas sexualidades humanas en folletos que se vendían en un marco. De estos, el que más ediciones tuvo fue ¿Qué hay que saber del sexo intermedio? donde se argumentaba que la homosexualidad siempre ha existido y que es completamente natural, contraponiendo la opinión general sobre este tema.

            En julio de 1919, Hirschfeld fundó el Instituto de Ciencia Sexual establecido en el viejo Palacio Hatzfeld (adquirido por él mismo) ubicado en el Tiergarten, Berlín. Anexo a este nuevo centro de investigación se encontraba el Comité Científico Humanitario donde cada mes se reunían sus antiguos miembros. Magnus Hirschfeld y sus colegas ofrecieron sus servicios como terapeutas a la gente que tenía problemas médicos y psicológicos en cuanto a su sexualidad, poniendo especial atención a los homosexuales dándoles un lugar donde pudieran socializar. El Instituto también tenía un museo de la sexualidad humana donde se albergaba un archivo con listas de asistentes a consulta, fotografías de travestis, estantes con artefactos diversos y una biblioteca que albergaba estudios de medicina y filosofía.[5] 

     A pesar de que el Código Penal Civil prohibía claramente las relaciones homosexuales en Alemania, el Comité Científico Humanitario no tuvo ninguna represión por parte del Estado y mucho menos durante la Primera Guerra Mundial. Incluso mandó a muchos prisioneros para ser tratados de sus diversas conductas sexuales y mentales. Sin embargo, Hirschfeld sufrió diversos ataques violentos por parte de personas ultraconservadoras justamente después de la derrota alemana. Por mencionar algunos, en 1920 en Münich fue atacado en durante una conferencia sin atrapar a los agresores; en 1921 también en Münich un grupo antisemita (enterada del origen judío de Hirschfeld) lo golpeó tan severamente que quedó inconsciente en la calle, casi dándolo por muerto. Por último, en 1923 mientras daba una conferencia en Viena, un grupo de la recién creada  Juventud Nazi le lanzó bombas fetidas para luego abrir fuego hiriendo a muchos de los asistentes.

Bar Eldorado en Berlín
En esta época se abrieron clubs nocturnos privados (y exclusivos para homosexuales); generalmente estaban en funcionamiento desde las 9 de la noche hasta las 3 de la mañana, no interfiriendo con la vida cotidiana de los berlineses. Entre estos lugares podemos mencionar el teatro Eros, que abrió sus puertas en 1921 y presentaba obras donde sus actores o artistas (en su mayoría) eran homosexuales, y los bares “ElDorado” [sic], cinco bares similares que estaban en toda la ciudad de Berlín.  En estos establecimientos se ofrecían salas de baile divididas para hombres, mujeres y travestis, siendo estos últimos beneficiados con una noche especial en la que celebraban el concurso “Miss El Dorado”, donde varios participantes se disputaban el título como el mejor artista travestido de Berlín.

Lesbianas asistentes a Eldorado (se dice
que Marlene Dietrich era asidua parroquiana
de este lugar)
Pero no todo era miel sobre hojuelas: algunos intelectuales conservadores de la época creían que con el gobierno de la República de Weimar, Alemania estaba cayendo en una degradación social y cultural, especialmente la capital berlinesa que albergaba el vicio y el pecado. De esta manera fue como el nacionalsocialismo comenzó a tener adeptos que estarían en favor de una limpieza moral “y natural” de la población alemana.[6]

            Uno de los primeros en sufrir los embates del nazismo fue el Instituto de Ciencia Sexual: el 6 de mayo de 1933 fue destruido en su totalidad, saqueando la biblioteca, el museo y el archivo que albergaba. El 10 de mayo, en la famosa “quema de libros”, estudiantes de diversas universidades alemanas destruyeron varios libros que atentaban contra el espíritu alemán, entre ellos los que fueron sustraídos de la biblioteca del Comité y el Instituto.[7] Junto con ellos, un busto de Hirschfled fue quemado como símbolo del repudio que el pueblo alemán tenía contra él. El director de ambos centros de investigación sexual huyó a Francia para buscar ayuda de algunos colegas y poder restituir el instituto sin conseguir éxito. Al igual que Ulrichs, Hirschfeld se exilió de Alemania, encontrando refugio en Niza justo en el momento clave del ascenso del nacionalsocialismo, falleciendo poco tiempo después en 1935.

Hansi Sturm, famoso
travesti de Eldorado
Poco a poco fueron erradicándose los institutos y lugares donde los homosexuales habían tenido un espacio donde poder sentirse a gusto y sin ser juzgados. Para junio de 1935 se buscó erradicar los pubs y bares que fueran punto de encuentro de estos sujetos así como censurar publicaciones como el Blätter für Menschenrecht, Die Insel o Der Kreise. En agosto del mismo año cerca de 1770 hombres fueron enviados a los campos de concentración de Lichtenburg.[8] Así fue como empezó a operar en nacionalsocialismo en Alemania.






La llegada del nacionalsocialismo y los campos de concentración


Para los nazis, los homosexuales no tenían un valor social aceptado. No eran capaces de tener familia por lo que no aportaban descendencia a la nación alemana. Además, modificaron la sección 175 del Código Penal Alemán cambiando el término de “acto sexual antinatural” por “sexo ofensivo entre varones”.[9]  Heinrich Himmler, médico al servicio del nacionalsocialismo, desarrolló tratamientos psíquicos y hormonales para los desviados; otra solución “curativa” era la castración química para poder ser reclutados en el ejército sin “tener peligro de contagio a otros soldados y ser enviados a luchar en primera fila”.[10] 

ElDorado clausurado y resguardado
por elementos nazis
Al ser considerados como seres inferiores por la sociedad y criminales por el Estado, la gran mayoría de los homosexuales eran enviados prisioneros a los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau (al oeste de Cracovia, en Polonia) y Dachau (en el noroeste de Münich). Al llegar ahí, los homosexuales eran rapados y rasurados completamente, además de ser obligados a usar en sus uniformes un triángulo rosa en el brazo izquierdo y otro detrás de la pierna derecha. Otros símbolos con los que fueron identificados eran usando bandas amarrillas en los brazos con una “A” (de Arschfiker – “penetrador anal”);[11]  algunos con unos puntos negros de gran tamaño, y otros con un gran número 175 en la espalda exhibiendo el motivo de su detención. Una aproximación sobre la edad promedio de los homosexuales que fueron remitidos a los campos de concentración era que había hombres de entre 29 y 37 años, con la cual los nazis abusaron de su “relativa fuerza física” para explotarlos laboralmente.[12] Otros más fueron torturados siendo utilizados en diversos experimentos de los médicos nazis (como la castración) o exterminados en las diversas formas que los guardias usaban contra ellos.

            Una de las maneras en las que los homosexuales podían escapar de ser enviados prisioneros a los campos de concentración era bajo un exhaustivo cuestionario hecho por la Gestapo (Geheime Staatspolizei,”Policía Secreta del Estado”) en el que se examinaba si el individuo era “activamente homosexual”, es decir, que si incurría frecuentemente a tener inclinaciones y/o relaciones sexuales con hombres.[13] 

Homosexuales vistiendo el pijama del
campo de concentración llevando un triángulo rosa
como símbolo de su delito

            Aún con esta posibilidad de escape de los nazis, muchos homosexuales (junto con lesbianas, travestis, presos políticos, testigos de Jehová, migrantes, gitanos y judíos) fueron recluidos en prisiones y campos de concentración. No se sabe el número aproximado de víctimas mortales y prisioneros que fueron procesados por el régimen nacionalsocialista, tanto en Alemania como en los países en los que llegó el poder de Hitler. Fueron pocos los que aportaron su testimonio como “prisioneros del triángulo rosa”, ya que después de la Segunda Guerra Mundial, ser homosexual seguía siendo penado en la Alemania Oriental y Occidental. Pasarían alrededor de cuarenta años (exactamente en 1994) para que esa ley terminara siendo derogada y que las víctimas del holocausto gay fueran reconocidos por la sociedad y la historia mundial.


Fuentes:

Aldrich, Robert (Ed.). Gays y lesbianas. Vida y cultura. Un legado Universal. Trad. de Beatriz Rendo Andaluz/Torreclavero. Donostia, España: Nerea, 2006. 384 pp. Ils.

Hidden Holocaust? Gay and Lesbian Persecution in Germany 1933-45. Editado por Günter Grau, Trad. Patrick Camiller. Chicago: Fitzroy Dearborn Publishers, 1995.

Historical perspectives on homosexuality. Licata, Salvatore J. y Petersen, Robert P. [Vol. 6, Núm. 1 y 2 Journal of Homosexuality. Otoño-Invierno, 1980-1981] Nueva York: The Hawarth Press, 1985. 224 pp.

Lauritsen, John y David Thorstad. Los primeros movimientos a favor de los derechos homosexuales (1864-1935). Trad. de Francesc Parcerisas y Pról. de Juan Gil-Albert. Barcelona: Tusquets Editores, 1977. 169 pp.

Richard, Lionel (Dir.) Berlín 1919-1933. Gigantismo, crisis social y vanguardia: la máxima encarnación de la modernidad. Trad. de José Luis Gil Aristu. Madrid: Alianza Editorial, 1993. 286 pp. Fotos, Ils., Cuadros. (Memoria de las Ciudades).



[1] John Lauritsen y David Thorstad. “Los primeros movimientos a favor de los derechos homosexuales (1864-1935)”, en: Los primeros movimientos a favor de los derechos homosexuales (1864-1935). Trad. de Francesc Parcerisas y Pról. de Juan Gil-Albert. Barcelona: Tusquets Editores, 1977. p. 19.
[2] Eike Geisel. “Excluidos y delincuentes”, en Lionel Richard (Ed.). Berlín 1919-1933. Gigantismo, crisis social y vanguardia: la máxima encarnación de la modernidad. Trad. de José Luis Gil Aristu. Madrid: Alianza Editorial, 1993. pp. 81-82. (Memoria de las Ciudades).
[3] Günter Grau. “Persecution, ‘Re-education’ or ‘Erradication’ of Male Homosexuals between 1933 and 1945. Consequences of the Eugenic Concept of Assured Reproduction”, en: Hidden Holocaust? Gay and Lesbian Persecution in Germany 1933-45. Editado por Günter Grau, Trad. del alemán al inglés por Patrick Camiller. Chicago: Fitzroy Dearborn Publishers, 1995. p. 3.
[4] Lauritsein y Thorstad, Op. Cit., p. 34-35.
[5] Ralf Dose. ”Sexualidad: las provocaciones de un pionero”, en: Richard, Op. Cit., p. 165.
[6] Richard. “Una identidad contradictoria”, Op. Cit., p. 21.
[7] Grau. “Police Raids, Bans and Arrests: 1933 to 1935”, en: Op. Cit. p. 26
[8] Ibídem, p. 26.
[9] Grau. “The National Socialist Revision of Section 175 of the Penal Code”, Op. Cit., p. 65.
[10] Florence Tamagne. “La era homosexual (1870-1940)”, en: Aldrich, Robert (Ed.). Gays y lesbianas. Vida y cultura. Un legado Universal. Trad. de Beatriz Rendo Andaluz/Torreclavero. Donostia, España: Nerea, 2006. p. 192.
[11] En español no hay una traducción textual de esta palabra. Sin embargo, en el texto de Rüdiger Lautmann lo utiliza como “assfucker”, que interpreto como “penetrador anal”, es decir, el activo sexualmente. Rüdiger Lautmann. “The pink triangle. The persecution of homosexual males in concentration camps in Nazi Germany”, en: Historical perspectives on homosexuality. Licata, Salvatore J. y Petersen, Robert P. [Vol. 6, Núm. 1 y 2 Journal of Homosexuality. Otoño-Invierno, 1980-1981] Nueva York: The Hawarth Press, 1985. p. 148.
[12] Hubo labores dentro de los campos de concentración que requerían un esfuerzo físico y mental bastante duro. Como lo menciona Heinz Heger en sus memorias como sobreviviente: durante el invierno vio que “los prisioneros del triángulo rosa tenían que mover la nieve de un extremo a otro del campo por la mañana y por la tarde regresarla a su posición original, llevándola en palas, abrigos o con sus propias manos.” Citado por Ibídem, p. 150. Sobre este hecho, hay una recreación visual en la película Bent (Sean Mathias, 1997) donde dos prisioneros (un homosexual y un “judío” —también homosexual— cargan nieve de un lado a otro como forma de trabajo.
[13] Grau. “Persecution, ‘Re-education’ or ‘Erradication’ of Male Homosexuals between 1933 and 1945. Consequences of the Eugenic Concept of Assured Reproduction”, Op. Cit., p. 6.

Ser gay en los '90

Por Eduardo López Mendiola

Me invitaron a escribir unas letras sobre lo que acontecía en la escena joteril mexicana de la Ciudad de México durante la década de los noventa, y para acabarla de amolar Ismael (@Grisem19) me dice “los antros en tus años mozos”…. No se si su comentario me evocó las más exitosas cátedras de las “vestidas” del 33 sobre cómo romperle una botella en la cabeza a un cristiano siempre con la sonrisa en la boca, o simplemente hablar de ésta época en la que aprendí a romper botellas en la cabeza de los cristianos siempre con la sonrisa en la boca… ¡Pero por supollo que opté por lo segundo!

Como diría Loui en Entrevista con el Vampiro: “la generación del fin de siglo trae nuevas experiencias y genera expectativas en una muchedumbre que, alocada en si misma, se perfila hacia una dirección más liberal”. En nuestro caso, los maravillosos noventa, arrancaban con el estigma de la década anterior – sobre todo desde 1985–  donde el fantasma mortal del VIH era la “respuesta divina” a tanta sodomía y porquerías vertidas desde el Yellow Submarine y hasta Boy George. La sociedad moralina había determinado que ser homosexual, lesbiana o cualquier cosa que no fuera heterosexual hiperortodoxo en su religiosidad, y que no perteneciera a “lo común”  debía ser marcado vilmente no como pervertido o desviado, sino como Sidoso que se tenía que morir por mano y obra del ángel vengador del Señor.

La incipiente comunidad Gay… sí, en la década de los noventa apenas entrabamos con la lista de letras que nos caracteriza, hasta 1990 teníamos la comunidad Gay; en 1995 se decía Lésbico-Gay, en 1998 ya éramos LGBT, y después de allí se fueron agregando letras hasta lograr la ametralladora… Pero regreso al punto, la incipiente comunidad Gay – que quería repuntar entre los estertores de la muerte del virus –y de una mala organización interna sobre lo que se entendía como comunidad–  se enfocó a demostrar “quiénes éramos”. Para refrenar todo este tipo de cuestiones moralinas se invitaba a cuanta jotita hubiera en el mundo que saliera del clóset y se mostrara tal cual era en sí mismo… Sí claro, pero no te decían que antes de salir del clóset era necesario, aceptarse y asumirse… así que de pronto, cual arcoíris salía después de la tormenta, del mismo modo salió del closet el mundo gay.

A prácticamente cinco años del temblor de 1985, la vida nocturna se llenó de un arcoíris. Mientras en la Zona Rosa se mantenían centros de “sano esparcimiento” icónicos como El Taller, aparecieron lugares como El Antro, El Celo y los famosos CabareTitos, en toda la ciudad se abrieron una cantidad impresionante de lugares. En el Centro Histórico se contaban con lugares de tradición como El Viena –que permitía todo tipo de cosas torcidas menos besos entre hombres– que sigue estando en la calle de República de Cuba… pero no sólo era el Viena, en Pensador Mexicano –la misma calle pero del otro lado de Eje Central– estaba Los Rosales, o como se le conocía popularmente El Men, lugar de donde salían todos los shows travestis de la ciudad. Si un travesti no hacía su debut en El Men, entonces no sabía que era iniciar bien su carrera.

Bar "El Viena" (interior) 
Siguiendo en la calle de Cuba, pasando el Viena y su simbionte el Oasis, se ubicaron lugares como el 42, el Cluster –una cervecería que atendía desde la 10 de la mañana hasta las 20 horas– exactamente cuando se abrían el Viena y el Oasis. Ya rumbo a Garibaldi uno podía disfrutar un rato en el 14, un antro que compartía su clientela con lo más selecto de la milicia… pura sardina, y que tenía show de sexo en vivo ¡Por parte de los militares! Las redadas militares eran también parte del show, por lo menos una vez al mes, Para 1998 el lugar fue cerrado y se mudaron bien lejos, al ladito y ahora se llamaba el 15. Pero no podemos dejar de lado el mítico 33 que se había agenciado la canción de Mecano,  la de Cruz de Navajas,  como parte de su imaginario local.  El 33 fue el after por excelencia y que merecería un escrito independiente para él, ya que convivían desde el niño más hiperfresa del momento –e igualmente sabrosisísimo– con la vestida más famosa de la región del Anáhuac, como convivían las chicas nice con las lesbianas, sin problemas. Era el paraíso terrenal en cordialidad y armonía.
Bar "El 33". Actualmente sigue en funcionamiento

Si bien entre 1991 y el 2000  aparecieron y desaparecieron una cantidad brutal de antros, lo interesante fue la vasta oferta de lugares de disfrute nocturno de la comunidad Gay…. Desde el Catzy en Satélite, pasando por todos los antros de la Zona rosa y llegando hasta Privatta y el Ángel Azul en Universidad, la ciudad de México se empezó a enfrentar a una diversidad que se presentó con una particularidad en cuestión de la vida nocturna: los antros gay eran los únicos que abrían hasta la madrugada. Mientras la mayoría de los antros regulares cerraban a las tres de la mañana, los antros de ambiente cerraban a las cinco de la mañana y terminaba la vida nocturna cuando abría el metro. Esto logró que los compañeros de ruta voltearan a los lugares gay como parte de la fiesta nocturna.

No era difícil ver en lugares como El Butterfly, Anyway, Penélope, a una bola de jóvenes heterosexuales que se articulaban con la banda joteril del momento (¡Saludos @Maligna_Bambola!). Eso también empezó a romper esquemas, ya que esta nueva generación también estaba irrumpiendo en lugares donde el ghetto gay marcaba las pautas. Contábamos con lugares exclusivos para hombres y exclusivos para mujeres. El Taller por ejemplo no admitía la entrada a travestis o mujeres, y las veces que Tito Vasconcelos ponía en escena “Mariposa de Bar” se hacían rituales en donde “se quitara el aroma a pescado o algo por el estilo”. En este aspecto, la década de los noventa no se entendería sin Media Noche en Babilonia de Tito Vasconcelos y sin El Taller donde el célebre grupo Guerrilla Gay con sus
Bar "El Taller". Década de los 90
“martes del Taller” se posicionó como el portavoz de la salida del clóset y también fueron los promotores de un sinfín de grupos como lo fueron Palomilla Gay  y Unigay, entre otros, quienes marcaron un fuerte activismo frente a la sociedad tradicional heteronormativa.

La escena política de la ciudad de México sobre la diversidad sexual se fue reflejando en un sinfín de posicionamientos. Desde los que nos fuimos a besar en el Vips del Ángel ante la acción homófoba del gerente ante una parejita, pasando por los que nos fuimos a encadenar a Gobernación por la igualdad de derechos, hasta los que, desde la parte cultural buscaron espacios, como lo era la “Semana Cultural Gay” que prácticamente duraba todo el mes de Junio culminando con la Marcha LGBT…. y lo que sigue.

Entre 1994 y 1995, la comunidad había declarado una fuerte batalla sexo-política que abrió espacios, pero a la par también generó una reacción adversa. Los crímenes de odio por homofobia se intensificaron. La sociedad heteronormativa no estaba contenta con la acción de emancipación que se estaba dando en todos los sectores. Ya no importaba si la jotita era pobre o rica, solo por el hecho de ser distinto ya tenían problemas. Por ello mismo se propuso la Comisión contra Crímenes de Odio por Homofobia, para poder registrar todos los actos de asesinatos y violaciones a la gente “de ambiente”.

No podemos entender nuestro acelerado siglo XXI con todas estas parejitas de niños que van agarrados de la mano y donde la gente se llega a sentir molesta ante la creciente cantidad de noviecitos que se besan o en el metro, sin las acciones de la generación de la década de 1990. Es en esta década donde se abrieron muchos espacios para expresarnos, y si no se abrían los empezábamos a oficializar. El vagón del metro denominado “la cajita feliz” que había empezado en las líneas 2 y 3 del metro de pronto se masificó a todas las líneas y con horarios específicos en algunas y en otras todo el día. La lucha por los espacios era irrumpir, voltear y decirle al heterosexual impresionado si le molestaba porque si así era entonces lo harían con más gusto.

El cambio de Gobierno favoreció mucho el desarrollo de esta comunidad. La transición de una regencia Priista a un Gobierno de Izquierda con Cuauhtémoc Cárdenas y posteriormente con “Chayito Robles” –a quien se le despidió cual Evita Perón– en el Zócalo y hartas banderas de la comunidad ondeándose en favor de ella abrió camino a una nueva forma de sociabilización más heterogénea. El siglo XXI se marcaba como un camino hermoso y dulce maravilloso para el sector gay… hasta que llegó el Gobierno de AMLO, con sus políticas “inclusivas” que dieron al traste a mucho de lo que se había logrado políticamente bajo la idea de que se debía hacer plebiscito para que la sociedad dijera si los derechos de los LGBT se aceptaban o no….

Como comentario final, la década de los noventa reabrió el camino por los derechos y la búsqueda de equidad. Ahora bien, a los ojos de la historia tenemos la obligación de ir más allá de un simple panorama como el que aquí intento plasmarle a muy pero muy amplios rasgos. Lo aquí vertido es sólo un pequeño panorama, para que con sus comentarios vayamos dibujando a mayor detalle esta maravillosa y alocada década de fin de milenio.

viernes, 1 de agosto de 2014

Tengo que Morir Todas las Noches, de Guillermo Osorno

Osorno, Guillermo. Tengo que Morir Todas las Noches. Una crónica de los ochenta, el Underground y la Cultura Gay. México: Debate, Penguin Random House Grupo Editorial, 2014. 239 pp. (Historia, fotos).

Ismael Espinosa

La homosexualidad ha sido uno de los temas tabú por excelencia a lo largo de la historia, y también, uno de los tópicos que no ha sido analizado históricamente hasta fechas recientes. Los sociólogos, antropólogos, politólogos y cronistas son quienes nos han brindado algunos análisis de la situación de la liberación LGBT por lo menos desde la década de los años setenta.

            Pocos han sido los historiadores que se han atrevido a escribir este tipo de temas “homosexuales”, a pesar del prejuicio que pueda caer sobre ellos sobre sus preferencias sexuales como bien mencionaba John Boswell al escribir una de las mejores historias de la homosexualidad en Occidente (Christianity, Social Tolerance and Homosexuality, 1980).

Sin embargo, entrado el siglo XXI algunos han dejado de lado ese temor por ser juzgados y han escrito bastantes cosas interesantes al respecto. En el caso mexicano han destacado las crónicas publicadas por Carlos Monsiváis, Braulio Peralta y Juan Carlos Bautista; los estudios antropológicos-históricos de Mauricio List Reyes, Xabier Lizarraga Cruchaga y Rodrigo Laguarda; y los artículos que han hecho algunos analistas como Genaro Lozano, Luis González de Alba, Estefanía Vela y diversos activistas de la agenda de la diversidad sexual a través de las redes sociales. Y celebro también que algunos estudiantes universitarios inicien su labor profesional al hacer tesis sobre estos temas; espacios y estudios se han ganado a través de casi cuarenta años de lucha.

Uno de estos nuevos intentos por ver una parte de la cultura gay de los años ochenta en la ciudad de México es el libro de Guillermo Osorio: Tengo que Morir todas las Noches, donde nos relata la historia de Henri Donnadieu y el bar “El Nueve” ubicado en la calle de Londres de la (hoy decadente) Zona Rosa. El libro nos da una mirada completa sobre cómo era la vida social y cultural en este bar tan visitado por artistas, actores, intelectuales, travestis, gays, heterosexuales, lesbianas… Todos en un mismo lugar sin que fueran excluidos por amar a quien quisieran. Una crónica (auxiliada por la investigación periodística) que transformó a toda una generación y al entretenimiento nocturno desde mediados de los años setenta hasta finales de los años ochenta.

El libro destaca tres temas principales: El Nueve como forjador de una nueva sociabilidad en la ciudad de México; la vida de quien fuera el dueño de bar en ese entonces: Henri Donnadieu; y la homosexualidad y la lucha que tuvo ante la sociedad mexicana (predominantemente machista-conservadora-católica) junto a la llegada de la pandemia del sida.

Después de que la juventud viviera su propia libertad de expresarse y fuera cruelmente reprimida durante el movimiento estudiantil de 1968 en la capital mexicana, y luego censurada con el Festival de Rock y Piedras de Avándaro en 1971, tuvieron que mantenerse en la clandestinidad bajo la sombra del autoritarismo priísta de entonces. Y ni qué decir de los homosexuales, víctimas de razias y persecuciones policiales en fiestas privadas que atentaban la moral y las buenas costumbres de entonces.

Fue el Bar el Nueve que acogió a esta juventud resentida con  el sistema que, se supone, los protegía y encauzaba a forjar una nueva patria; una juventud que luchó por un cambio social-sexual diferente a lo que les habían inculcado en su casa, e incluso la escuela. El Nueve transformó a todos aquellos que lo visitaban, pues en el local entraban toda clase de personas, siempre y cuando aportaran su respectivo cover. Un lugar que creó una identidad entre la melosa música disco y el nuevo rock metal (y el rock en tu idioma urbano de chilangolandia). En sus paredes ingresaron personas como María Félix, Silvia Pinal, Sasha Montenegro, Olivier Debroise, codeándose con Xóchitl “la reina de los homosexuales” (autoproclamada así) y con murales de Diego Matthai, proyecciones de películas censuradas en su época como Yo te saludo, María de Jean-Luc Godard (1984), o simplemente los debates que se daban ante el nuevo enemigo de la salubridad: el síndrome de inmunodeficiencia adquirida.

El dueño de este bar, tan recordado con bastante nostalgia por muchos, era Henri Donnadieu, un francés emigrado a México a mediados de los años setenta. Él, junto con algunos socios abrieron El Nueve para crear una nueva forma de ver los bares y las fiestas, justamente en una de las zonas más exclusivas en ese entonces: la Zona Rosa. Donnadieu y Manolo, su novio y también socio del lugar, experimentaron nuevas formas de socializar al invitar a estrellas importantísimas de cine, teatro y de la cultura. En su libro Ser gay en la ciudad de México, Rodrigo Laguarda expone que los gays asistentes eran de las clases altas y medias de la sociedad (p. 97) por lo que algunas organizaciones y activistas de la llamada liberación sexual estuvieron en contra de estos lugares por no permitir una igualdad entre la propia comunidad homosexual. Donnadieu y socios se enfrentaron a diversos problemas con el bar, pues la policía los tenía en la mira por albergar y permitir a los homosexuales en el establecimiento. Sin embargo, muchos de los asistentes llegaron a defenderlos por la amplia oferta que daba: obras teatrales, performances artísticos, presentaciones de revistas, conciertos de grupos novedosos como “Las Insólitas Imágenes de Aurora” (después conocidos como “Caifanes”), Café Tacuba, Maldita Vecindad y grupos que trataron de traían nuevas corrientes como el punk y la música con sintetizadores, siendo un bar “moderno” como bien lo señaló Juan Carlos Bautista en un texto que aparece en México se escribe con J.

Esta nueva liberación por la que muchos habían luchado desde finales de la década de los sesenta se encontró con un problema muy grande: se podía “hacer el amor cuando quisieras y donde quisieras” y se rompían con paradigmas religiosos-morales, pero un pequeño virus comenzó a expandirse creando temor y rechazo, el VIH. Los homosexuales fueron los más afectados, más allá de que si el mal se contrajo de los monos a los humanos, si hubo alguna mutación genética o si las farmacéuticas lo hicieron para tener mayores ganancias, muchos sufrieron los embates de la enfermedad. Amigos y clientes asiduos de El Nueve fueron detectados como portadores de VIH y murieron poco tiempo después. Este bar se propuso hacer diversas campañas a favor del sexo seguro antes de que el gobierno anunciara sobre la pandemia (no fue sino hasta 1985 cuando Reagan anunció el problema, casi cinco años después de la detección de los primeros casos en Estados Unidos; México hizo casi lo mismo: en 1983 se detectó el primer caso en el país y hasta después de las declaraciones de Reagan creó campañas e instituciones como Conasida. Osorno, p.131). Entender que la comunidad gay era la más afectada, para muchos significó la llegada del fin de los tiempos. O por lo menos de un “castigo divino” por sus costumbres desviadas y perversas.

El Nueve comenzó a decaer no por la pandemia propia, sino por la intolerancia de la justicia mexicana. Una razia hizo que algunos trabajadores fueran a la cárcel acusados de distribución de drogas y prostitución (esos eran sus argumentos). Donnadieu se escapó de dicho operativo y luego salió de la ciudad. No cuento más detalles ni más del final de esta magnífica obra. Me parece que hacen falta textos que vayan documentando estos testimonios que casi se nos están perdiendo, recuperar la historia de lugares como El Nueve que permitieron a una comunidad sojuzgada tener un propio espacio de expresión y demostración. Citando, finalmente al propio autor: “algo ganamos, algo perdimos”.