lunes, 23 de junio de 2014

Monsiváis y la diversidad sexual

Monsiváis, Carlos. Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual. México: Paidós Mexicana, Debate Feminista, 2010. 310 pp.


Por: Ismael Espinosa
@Grisem19

Una de las inquietudes que Carlos Monsiváis tuvo durante su vida como escritor y cronista fue documentar la vida de los marginados urbanos de la ciudad de México. Campesinos, pobres, clases bajas y demás gente que no entraba en “lo decente” eran bien recibidos en la narrativa de uno de los personajes más influyentes de la vida cultural nacional. Y los homosexuales no fueron una excepción para él.
           
     En la grandiosa recopilación de artículos que hizo Marta Lamas (publicados por Monsiváis en la revista Debate Feminista) se denota la preocupación que este autor tuvo por una “minoría” que buscaba sus derechos e igualdad en una sociedad predominantemente machista y católica. Se trata del libro ¡Que se abra esa puerta! Crónicas y Ensayos sobre la Diversidad Sexual publicado en octubre de 2010, justo unos meses después de la muerte del escritor.
       
     Fundador del Frente de Liberación Homosexual de México junto con Nancy Cárdenas (destacada dramaturga mexicana y lesbiana) en 1971, Monsiváis externa en estas páginas la vida social, cultural, e incluso política de los homosexuales y lesbianas en México. En sus ensayos destaca la crítica hacia el nacionalismo cultural, especialmente a la figura del macho mexicano que ha perjudicado no sólo a las mujeres y a las familias de este país. Como menciona en su primer ensayo “Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen (a propósito de lo queer y lo rarito”, 1997 (p. 56): “la psicología nacional convertida en deber caracterológico, la misoginia que es referendo de superioridad, […] el macho es siempre más brutal y desafiante que sus modelos en el cine y la canción popular”. Fiel a su afición por el cine mexicano, podemos señalar que a su mente acudieron las imágenes de Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Emilio Indio Fernández y, por supuesto, el charro por excelencia, Pedro Infante, quienes mostraron en sus películas aquella figura varonil del deber ser hombre y mexicano.
        
    Otra de las críticas que Monsiváis mostró en sus ensayos fue la diferencia que hubo entre los homosexuales y los gais después de las revueltas de Stonewall en Nueva York en 1969 (estos últimos logrando una completa globalización del ser homosexual varón-masculino en el mundo). Esta nueva identidad llegada a México fue descrita por este escritor:

[En México] sólo hay dos tipos de homosexuales: el de tortería y el maricón de sociedad. Los demás son sombras huidizas que al no alcanzar casillero, se dejan describir por el diminutivo que les aplican (‘Juanito/Robertito’), y por el trato siempre condescendiente. Y del hostigamiento pocos se libran. […] A los afeminados de clase pobre les corresponden, nomás por su aspecto, las humillaciones en serie que, al despojarlos de toda humanidad reconocida, les permiten sobrevivir (p. 55).

            Sin embargo, hay algo que Monsiváis encuentra en común entre los diferentes homosexuales y los gais (de clase alta) algo que los identifica: el ambiente. Definido como una forma de vida, y no muy distinto del estilo kitsch y camp que mantenían los homosexuales de Estados Unidos, nuestro autor lo describe como un estilo desarrollado entre los guetos, estos centros que eran delimitados según la homofobia e intolerancia que la sociedad tenía en algunos sitios. Y es cierto: el único lugar donde se ha podido desempeñar un estilo de vida homosexual-gay en el tiempo han sido las ciudades, de aquí que se denote la influencia de autores como Foucault y Didier Eribon (Reflexiones sobre la Cuestión Gay, Anagrama, 2001) en cuanto a las diversas relaciones de poder y autoridad detentan estos centros sociales.
           
     El ambiente es entonces esas relaciones amistosas, amorosas, promiscuas, afectivas, sexuales y también festivas en la que los homosexuales han podido manifestar su disidencia ante la heteronormatividad impuesta hace más de veinte siglos. También puede entrar esas expresiones que muchos gais hacen en cuanto a la identificación e imitación de diversas estrellas de cine y cantantes femeninas (en especial las de ópera, por los homosexuales de inicios del siglo XX). Así, tenemos a personalidades como María Félix, Dolores del Río, Gretta Garbo, Elizabeth Taylor, María Callas y por qué no, Daniela Romo, Yuri, Lucía Méndez, y en tiempos más recientes: Gloria Trevi, Lady Gaga, María José y entre otras que en la actualidad remarcan la sobrevivencia del ambiente en México.

           De lo expuesto hasta este momento, considero que el mejor escrito de esta selección de artículos publicados fue “Los gays en México: la fundación, la ampliación, la consolidación del gueto” publicado originalmente en 2002. Aquí, Monsiváis nos detalla con una impresionante exactitud un viaje por el tiempo entre los siglo XIX y XX, exponiendo la vida de los currutacos y petimetres que allanaban la vieja calle de Plateros (hoy Madero, en el Centro Histórico de la ciudad de México); la literatura decimonónica que mostraba a un Chucho el Ninfo, señorito bien cuidado y parecido; el escándalo del “Baile de los 41” allá por 1901; la generación de homosexuales de “Los Contemporáneos” (Novo y Villaurrutia, máximas figuras de esta sección) en los años 20; la “viva y venenosa calle de San Juan de Letrán” en los años 50, y así hasta llegar al vertiginoso inicio del siglo XXI. La vida nacional comienza a descubrir que los homosexuales siempre han estado presentes en la patria mexicana decimonónica, incluso antes con algunos destacados personajes del virreinato y del periodo prehispánico, por ello es que es hora de reivindicarles su lugar ante Cronos pues “son parte de una historia invisible” (p. 140).
  
          Y es así como Monsiváis concluye esta serie de crónicas y ensayos exhortando a los interesados en la Historia de la ciudad de México (y la propia Historia Nacional) que no dejen de lado a los marginados sexuales. Por mientras, algunos ya hemos comenzado con la ardua tarea de investigar qué era de los homosexuales varones en México; pero aún faltan las lesbianas (tan relegadas y dejadas al último espacio), los bisexuales, los transexuales, los travestis, los transgénero, los intersexuales (antes hermafroditas) y demás personajes que han mostrado una disidencia a no emparentar con las normas sexuales establecidas por –también, en un principio- una minoría.

    
        Hoy en día, hace falta una nueva lectura de personajes como Monsiváis: sufrimos de los embates de una Comisión (¿protectora?) de la Familia (¿Tradicional?), y de una discriminación en la que “puto” ha tomado por sorpresa al público aficionado al fútbol. Espero que en algunos años estos malos puntos sean olvidados y que por fin se le juzgue a una persona por lo que es: un ser humano (tal y como muchos hubieran y siguen queriendo).

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